Un viaje en el tiempo a los días de gloria de "Gabo" Ferro
- Faro Revista

- 14 oct 2020
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Gabo Ferro fue un historiador, músico, poeta y performer. Profesor en Historia egresado con honores (Medalla de oro de la Academia Nacional de la Historia, Premio Museo Mitre, entre otros). Es magister en Investigación Histórica y tiene cursado su doctorado en Historia. Fue docente de la Universidad de Buenos Aires y de otras instituciones.
Hijo de un trabajador del frigorífico Lisandro de La Torre (“el peronismo nos atravesó”, decìa) y una madre ama de casa, Gabo Ferro vivió toda su vida en Mataderos. En la década del ’90 condensó su grito en Porco, una recordada banda de hardcore en la que aprendió el oficio de músico. Según Ferro, el grupo tocaba “con la intención de que cada show fuera único” y así se sucedían presentaciones de fuertes temáticas y despliegues escénicos, cada uno con su correspondiente concepto.
Hacia mediados de 1994, el grupo edita su primer larga duración, Porco. El potente hardcore y las escatológicas letras de Ferro, además de su extraña voz, llaman la atención de los medios de comunicación. Como resultado, el grupo se erige como uno de los más relevantes de la escena under argentina.
La historia dice que el 31 de marzo de 1997, en el tercer tema de un concierto en el Hotel Bauen, el músico dejó el micrófono en el suelo y se despidió de la música y la distorsión. Al otro día, empezó a cursar el profesorado de Historia, convencido de que la música era parte del pasado. En el aula de la facultad le decían “el mudo”, porque casi no hablaba.
Siete años después, su amigo Ariel Minimal fue quien lo empujó a grabar unas canciones que venía componiendo en soledad. En 2005, grabó su primer disco como solista, Canciones que un hombre no debería cantar, un trabajo rupturista en el que empezó a abordar los tres tópicos que lo acompañarían en todos sus trabajos: clase, raza y género.
“Soltá, soltá el dolor”, cantaba Gabo Ferro con las vísceras, de la única forma que sabía y podía cantar. “Me quiero sacar la guitarra de encima”, repetía también cuando se daba cuenta que hasta le sobraba ese instrumento de seis cuerdas. Porque sabía que podía cantar y decir y conmover con muchísimo menos: solo con el poder de su voz y su palabra. Una voz ambigua, aguda, no binaria.
En la tríada clase, raza y género, Ferro encontró los materiales para problematizar su música y decir cosas “urgentes y políticas”. “Cada disco es una instantánea histórica”, sostenía. “Cuando yo decía que estas eran políticas a atenderse, me miraban como si fueran una especie de gestos militantes pero no políticos. En 2004 era increíble pensar en una política de género. Ahora digo que habría que buscar el modo de meter el amor en la agenda política y me miran con cara de sorpresa también”.
Ferro escribió también libros de poesía, ensayos históricos y las óperas Ese grito es todavía un grito de amor (2014), El astrólogo (2017) y Artaud (2015), junto a Emilio García Wehbi, entre otras, “Hace poco tiempo estoy asumiendo que la literatura es lo que me interesa de la canción. Por eso, cuando produzco un disco me la paso desagregando, sacando arreglos, coros, me quedo con una síntesis mínima, donde la punta sigue siendo lo que digo y cómo lo digo”, sostenía Ferro, sobre uno de los temas que más lo inquietaban en los últimos años: usar la palabra como una flecha.
El 8 de Octubre, la muerte se llevó a un artista, porque Gabo, en sus muy variados roles (historiador, cantante, autor, compositor, poeta y performer) podía ser definido simplemente como un artista que siempre, con cada obra, tuvo una mirada profunda y afilada de la sociedad.
Al conocerse su muerte, la Agencia Nacional de Noticias tituló: “La canción perdió el pulso indomable de Gabo Ferro. Que el deseo de un buen viaje para él cobre fuerza colectiva hasta que Gabo sea parte del aire cuya densidad, como se sabe, disminuye al aumentar la altitud.”



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